Silencio interior y exterior
Necesitamos el silencio para aprender a orar, pero también para llegar a lo más profundo de nuestro ser y allí descubrir quién soy en realidad. El silencio que necesitamos es el silencio de nuestro corazón y para eso se requiere tiempo y constancia.
Encontrar un lugar tranquilo puede resultar difícil, pero el silencio absoluto no es necesario, sino que es suficiente encontrar el lugar donde poder escuchar algo más que lo que sucede a nuestro alrededor.
El verdadero reto de la oración no es el ruido que nos rodea, sino el ruido interior. Debemos acallar el ruido mental para poder emprender el camino hacia el corazón. Se trata de liberarnos de la influencia del pasado y del futuro, de nuestras inquietudes y resentimientos, nuestra autoadmiración y autocompasión.
El silencio nos revela aspectos no resueltos de nuestro carácter: la ira, el odio, la sospecha, la vacilación. Deja al descubierto mucho de lo que debemos liberarnos, aquello que a menudo ocultamos a Dios cuando hablamos y cuando nos mantenemos ocupados. Él sacará a la superficie todo nuestro nerviosismo y ansiedad, pero Dios quiere sanarnos, devolvernos la paz verdadera.
En el silencio, Dios se comunica con nosotros, allí podemos servirle sin preocuparnos de qué decir ni intentar escondernos detrás de nuestras palabras y de nuestros pretextos.
¿Qué cosas nos impiden encontrar el silencio?
Moisés encontró a Dios en el silencio y allí descubrió cuál era su misión, qué quería Dios para él, cuál era su vocación.
No hay comentarios:
Publicar un comentario